lunes, 13 de junio de 2011

Fe.

Capítulo 1.

Ya estaba libre de pecado y por eso los cometía todos, necesitaba llenar el hueco que en su alma y en su cuerpo había dejado la fe. Estaba desgastada por la erosión del ruido de la vida y su rutina oscura, salía de casa e iba a misa porque tenía el ritual aún anexado a su calendario. A pesar de sus cuarenta y ocho años seguía teniendo la carne firme como decía la canción de Serrat y las arrugas huían de su rostro quemado por el sol en la parte superior de las mejillas, hacía dos años que se había divorciado de aquel hijo de puta que le había dejado tres cicatrices en el abdomen, un hijo y una pensión de mierda con la que se veía obligada a trabajar en aquella oficina asquerosa, la Charo no sabía limpiar el suelo (pero el jefe no daba síntomas de tener sucio el sable los miércoles eso sí), quizás por eso seguía trabajando allí, rodeada de cerdos, pero a ella no le quedaba otra, su hijo estaba estudiando en el extranjero y aunque trabajaba, ella trataba de ayudarle con el dinero que podía.

Estaba cansada, era domingo a mediodía y la misa estaba ya acabada, normalmente con la resaca de la noche anterior ignoraba lo que allí sucedía, pero empezaba a estar harta de eso también, sin embargo aquel sitio era lo único que la ataba a su pasado. La vida le había dado una segunda oportunidad. O quizás en realidad fuera su primera oportunidad para ser feliz, con la segunda paliza de su marido que había terminado en Hospital dejó de creer en Dios y en sus ángeles, el mundo no tenía Dios, ni creador, ni justicia ni nada parecido, el mundo era una selva en el que para no morir tienes que matar y ella decidió huir antes de terminar loca por culpa de un cerdo que había malgastado su propia vida y la de su mujer. Aquella vez había terminado en una discoteca con un treintañero atractivo, quizás se le habría pasado el arroz por eso de estar estudiando medicina y no tener tiempo para el amor, se la había llevado a su casa, un bonito loft del centro con una alfombra envolvente sobre la que follaron dos veces, era su primera vez sin golpes, sin gritos, sin amenazas y por eso aquella ternura, aquel estado de flaccidez del espíritu de aquel hombre le parecieron mágicas. Jamás imaginaba una sensación igual, el hombre apocado por el alcohol y por su natural timidez se dejaba hacer y el rubor de dominio que experimentaba elevó su ego desde el subsuelo hasta algún lugar con vistas al mar. Ella era consciente de lo importante que era aquel instante, pasó, de hecho, en un año y medio en los que no se había atrevido a acercarse a ningún hombre, con su marcha su marido dejó mucho alcohol en casa y ella empezó a beber insistentemente para olvidar, a veces la fe deja bocas secas también.

Con los meses empezaba a encontrar tras los espejos a una mujer desconocida, sin tanta mierda que limpiar podía leer, escuchar vinilos antiguos, pasear… Las noches aún le escocían en sus cicatrices por ello bebía y se drogaba de vez en cuando y el mundo le daba un poco igual, tenía pista libre, había partida como decía aquella canción de Quique González. No había luna que no supiera de heridas de amor ni de besos de odio, y ella sabía que lo único que tenía por esperar era la muerte. Esa muerte en la que que ella tenía fe desde aquel día que la pillaría sin bragas y drogada, no por cobarde, si no por redimida. Andaba desde la iglesia hacia la zona de bares que había detrás de aquella pequeña plaza, sabía que si volvía a aquella iglesia sería por una misa fúnebre o algún evento de esa índole. Ya estaba harta, era feliz pero necesitaba más, sabía que ya el límite no le importaba, tenía un buen seguro, su hijo era independiente, ya ni llamaba y ella se tenía a sí misma para disfrutar, ese era su único fin. Al salir de aquel bar se fue hacia la zona del extrarradio a por cocaína, era la droga que más euforia le producía, las había probado todas en un periodo de tiempo muy escaso y se lanzaba a su nariz exenta de gravedad, livianamente eterna. Le habían hablado de aquel camello, un tío duro decían, serio, no admitía tonterías.

Llamó a su puerta dos veces con el timbre y una golpeando con la palma de la mano según le había recomendado el cura, «es la única forma de que abra a una desconocida como tú»…

El señor cura disfrutaba de la vida, había alcanzado tal estado de complicidad con Dios a su forma, entregándose a los placeres más mundanos y profundos posibles, que la vida para él no tenía gravedad, sabía que si el cielo le esperaba no iba a dejar que fuese mejor que aquella vida, era egoísta y quería que su creación fuese mejor que la del mismísimo Dios. Era frecuente que le encontrara la fe en la sacristía con la sotana remangada masturbándose con fruición mientras el cáliz, totalmente vaciado de vino acompañaba, sobre las sagradas escrituras, un librillo de papel, un ramillete de flores y un montoncito del polvo del cuerpo de Cristo, prístino y blanco generalmente empapado por unas leves gotitas de sangre.

El señor cura le había insistido en multitud de ocasiones para que dejara a su marido, «Si Dios dice que hasta que la muerte os separa ojalá él se muera ya.» decía la tarde en que el cuchillo del jamón acariciaba su piel como el beso de un bebé sin conciencia. «Si hace falta le echo veneno en el ron esta noche en el bar, que yo sé a que bar va el hijo de puta.» Su infancia había sido una absoluta mierda, maltratado por supuestamente ser un gilipollas afeminado los niños del colegio le clavaban punzones en la espalda, lo cual hizo que se forjara a sí mismo el espectro de que él mismo era un mártir, un ser superior enviado por Dios para dar sabiduría al mundo, aquel concepto hizo de su vida un ejercicio de cinismo atroz, su ego creció hasta límites insospechados hasta que cumplió los treinta y se dio cuenta de que en realidad solo era otro pobre infeliz castigado por el destino y la crueldad. Por eso se fue a aquella pequeña iglesia de barrio, donde su vida era una espiral de fe y drogas hasta que la muerte le dejara descansar en paz de lejos de aquel mundo de mierda que, estaba convencido, era solo el ensayo de un Dios bastardo que hizo un mundo pequeño para ver cómo iba aquello de crear, y que al sexto día abandonó porque observó cómo su primer intento le había salido mal.

Abrió la puerta aquel tío, cuarentón, totalmente torneado a causa de la ociosidad de los traficantes (tienen exceso de tiempo libre) y sonrió hacia un lado mientras que con la comisura de sus labios por el lado izquierdo sujetaba aquel porrito de merry Xativa.

— ¿Qué coño quiere usted señora?

— ¿Señora? Si yo te contara lo puta que soy…

—Jajaja, veo que te va la marcha… pasa anda… y ponte cómoda.

Ella inclinó el cuerpo hacia el interior y su pecho izquierdo rozó su brazo tatuado con un dragón que rodeaba su antebrazo y acababa de cabeza en su bíceps. Ante aquél contacto el señor camello esbozó aún más aquella sonrisa carcelaria e histérica.

—¿Qué quiere la puta entonces? ¿Ele…?

—Coca…

—Uhh tienes una naricilla inquieta para tu edad...

—Oye cabrón ¿Qué edad te piensas que tengo?

–Cincuenta. ¿Qué es para ti o es que le llevas los tiros a tu maridito?

—Los tiros que se merecían mi marido se los debí dar con un 30.06 hace ya veinte años, me divorcié… Por lo que son para mí.

—Así me gustan a mí, las putas valientes…

— ¿Algo más?

—No de momento, cabrón… ¿Cuánto me vas a cobrar?

—Eso depende de lo que me sepas hacer con la lengua.

En aquel instante la mano del traficante comenzó a acariciar su pezón izquierdo violentamente, casi como si la fricción del dedo corazón contra la tela de su fina camiseta negra fuese a crear fuego en ese mismo instante. Ella cerró los ojos más que nada porque seguía borracha y aquella pizca de placer la transportó fuera de sí misma, la lengua metálica con sabor a hierba comenzó a lamer sus labios, dibujando círculos en sentido contrario el que seguía el dedo sobre sus tetas, aquel prodigio de coordinación la hizo estremecerse aún más y agarró fuertemente con la mano su muslo derecho y ascendió lentamente, su miembro estaba completamente en erección y ella quería observarlo, deslizó la cremallera hacia abajo y sus uñas arañaron oscuramente la zona inferior del vientre hasta que entre sus dedos quedó un fino ramillete de vello púbico. Se lamió los dedos y comenzó a acariciar su pene completamente loca, ida, ajena a todo, entonces se quitó la camiseta y se levantó la falda y susurró:

—Fóllame cabrón.

Él le arrancó las bragas y comenzó a lamer su pubis lentamente, su lengua aún estaba tibia por el efecto del humo y ella sentía ese calor como si estuviera volviendo a nacer, gemía entrecortadamente y acariciaba con sus manos la zona de detrás de las orejas del señor camello, lo que provocaba en este un efecto catártico.

Entonces la tumbó sobre el sofá y comenzó a penetrarla con fruición, ella levitaba sobre su pene extrañamente ausente de sí misma, aquella violencia de embestida no era como la de su marido, aquella energía era de un signo totalmente contrario a la de su ex, aquél hombre sabía amar con mala leche, ella caía hacia la derecha mientras bailaba aquel tango blanco, «Vamos, puta, vamos…» Ella saltaba cada vez más, se iba de sí misma, estaba a punto de reventar, era incapaz de concebir aquel estado de complicidad cósmica, aquella fruición de entes sin carne… Sintió el orgasmo como un puñado de arena lanzado a través de su pubis hacia la garganta atravesándola de cabo a rabo, borrándola de la cordura para siempre, con su cuerpo lánguido y ajeno a la vida el señor camello esparció un hilito de polvo blanco sobre su escote y lo esnifó para luego beberse su sudor.

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jueves, 2 de junio de 2011

Café de máquina

Igual que el fuego a veces parece una especie de líquido pastoso que fluye por alguna extraña gravedad invertida, ella se sentía vacía, alienada en un mundo que no se le apetecía lo suficientemente satisfactorio, esquivaba la realidad entre sus libros, fumaba solo de noche siguiendo la misma rutina, leer y fumar hasta que el cansancio la tornaba una flor violácea y se acariciaba bajo el pijama suavemente, sin llegar a consumar su soledad, sintiéndose húmeda y templada, lo suficientemente viva como para tener un motivo para seguir yendo a aquel bar del centro donde servía cafés y combinados de martes a domingo. Se imaginaba de cuando en cuando invitada por su jefe (probablemente el único hombre que le había guiñado alguna vez el ojo) a quedarse a cerrar y probablemente a ordenar el almacén, que la invitara a cenar y que la acorralara contra las estanterías de la cocina y allí la hiciera fluir. No obstante, la idea de que un hombre casado y con dos hijos la usara de amante la hacía sentir sucia. Lo mismo que sentía cuando los clientes le miraban el culo mientras se giraba y se alejaba de las mesas con la bandeja vacía. No le gustaba tampoco pasearse por los bares de noche buscando un poco de amor. Le parecía superfluo y absurdo; así cumplió los treinta, sola y aterida…
Aquel noviembre seguía su misma rutina mientras ella se dedicaba a observar el desastre de su vida…
—Un café solo.
Aquel hombre sonreía de una forma clara, como si dedujera de su abstracción alguna extraña naturaleza animal, un instinto que no conocía, una especie de puerta que tiene candados de aluminio y humo.
—Ahora mismo.
Sus mejillas cobrizas tomaron esa especie de color que denota que algo por dentro ha zigzagueado y se ha vuelto acero fundido. Sirvió el café y se dedicó a limpiar la barra mientras poetizaba sobre el extraño. A las siete y media de la mañana el bar estaba vacío, solo ella y aquel cliente, seguro, calmado, bebía lentamente, mojándose los labios con el líquido aún hirviendo, dejando que lo calentara. Dejó el dinero sobre la barra y se fue a fumar a la puerta mientras ella sentía la angustiosa necesidad de hablarle, de decirle algo, salió por debajo de la barra y lo acompañó afuera, fumaron y hablaron de las cosas más triviales que existen bajo el mínimo letrero del bar que evitaba la lluvia asexuada del comienzo del invierno.
—¿Cómo te llamas?
Aquello fue una especie de shock. En aquel momento dejarían de ser desconocidos, no estaba acostumbrada a profundizar hasta tal punto, así que apuró la calada todo lo que pudo, como pidiéndole al mismo humo que la mataba tiempo para meditar sobre la situación. Se limitó a responder y el hombre esbozó de nuevo esa sonrisa plácida y la miró por segunda vez a los ojos, negros como la noche, hizo lo propio y lanzó la colilla a la alcantarilla de la calle.
—Encantado.
Se despidió con un escueto «hasta mañana». Y se fue.
La vida era una espiral ingrávida que hacía de su cabeza el caos nuclear y hormonado más grande que jamás hubiera sentido. Llegó a casa y se metió en la bañera, bajo el agua hirviendo su cabeza daba vueltas sobre aquella taza de café vacía que dejó el cliente de la mañana. Sintió por una vez un deseo feroz, una rabia inexplicable, y comenzó a acariciarse bajo el agua, despacio, bajando por el vientre hasta su pubis; sintió el contacto con el fino vello y apretó levemente su clítoris con el dedo corazón y presa de un fantasma incorregible comenzó a realizar un suave movimiento circular, lenta y firmemente. Dejó atrás el suelo y el agua turbia llena de espuma: estaba decidida por una vez en la vida a hacer algo, por cotidiano que pareciese, no se tenía miedo a sí misma y se dio una tregua del hastío, de la rutina, del trabajo, estaba por fin ilusionada por algo. Aceleró el ritmo y sintió el orgasmo llegar, gemía al mismo ritmo que las olas que su cuerpo producía por el tenue movimiento ondulaban su silueta desnuda. Cesó todo de golpe, como el fin de la infancia, cuando te das cuenta de que eres mayor, y rompió a llorar…
A pocos kilómetros, aquel hombre se abstenía de la ansiedad haciendo lo propio. Palpó el recuerdo de aquella camarera con una mano mientras con la otra jugaba bajo su pantalón iniciando una ida y venida cenital que le acercaba al averno de su ser, al rincón polvoriento donde se sentía un hercúleo demonio presa del alcohol y la poesía en su cuarto de baño. Eyaculó dejadamente y se sentó en el sofá ante una botella de vodka medio vacía pensando en la muerte.
Daban las doce ya y ambos sabían que sus vidas tocaban fondo y que probablemente nunca serían felices si no encontraban a la otra persona… Cegados por el ruido de la mañana anterior, aquel pequeño instante tan estúpidamente feliz, tan tristemente efímero…; decidieron por su lado actuar la próxima vez, si la hubiera, como enlazados por la certeza del horror a la soledad.
A la mañana siguiente sucedió. Se miraron y se sonrieron cómplices de alguna extraña naturaleza lisérgica, sexuada y madrugadora. Eran las siete y media de la mañana y le sirvió un café solo, salió a la puerta, cerró el bar y se abrió la camisa. Presa del ígneo rubor de la sinceridad carnal, se acercó felinamente. Improvisaba, pero el instinto la guiaba, se sabía ignota en una carne prieta y ávida de expansión o de conquista. Él dejó el café y se quitó la chaqueta, se besaron infinitamente, ella notaba el sabor a café en sus labios, a café molido, granulado, un café que deja el amargo sabor atrás como un placer más de la muerte, palpó su vientre, su pecho velludo bajo la camisa ya desabrochada, sus brazos firmes, su cuello estoico y torneado, se dedicó a bajar por su barba hasta el cuello con los labios, suavemente, como si paladease la cicuta que hubiera de darle muerte. Él posó su mano en la cintura y la subió sobre la barra, a una altura exacta desde la que podía mirar fijamente sus pechos, sus dorados pechos, bastante más pálidos que el resto del cuerpo, dos ebúrneos montículos coronados por dos pequeños pezones sonrosados que se endurecieron lentamente al contacto con su saliva. Hundió la cara entre sus senos, quería naufragar, dejarse ir, olvidar la rutina, el frío, el hecho de que llegase tarde al trabajo dos veces seguidas por el mero hecho de ver un rato a la camarera que había observado por la ventana al pasar tantas veces.
Le quitó el pantalón y acarició sus braguitas, su culo blando, apeteciblemente suave. Ella le arrancó el cinturón y apretó su cuerpo contra el suyo. Se quedaron completamente desnudos mientras entre sus bocas se fraguaba un mar de saliva apátrida y tibia, excusada de todo desbordamiento posible, una saliva que sabía a ibuprofeno. Ella observó su sexo firme y seguro de sí mismo y se dedicó a acariciarlo lentamente, con los dedos, con las uñas pintadas de violeta haciéndole cosquillas suavemente y posteriormente con los labios, en una catarsis húmeda de todo el tiempo perdido. Mientras que él la acariciaba con el reverso de la mano, deslizó su lengua suavemente por su barriga hacia abajo hasta contactar con su pubis, bajo el fino vello notaba la carne temblorosa y suplicante, anhelante. La recostó sobre una de las mesas y se introdujo entre sus piernas con cuidado. El la gimió de dolor, un dolor amargo y agonizante como el del café de máquina. Con cada embestida ella abandonaba un poco más el mundo, a cada segundo que pasaba invadida olvidaba un poco más su tristeza, todo lo que la había llevado a un país que no era el suyo, el miedo al rechazo, el dolor de las sábanas frías de su casa, aquella rutina manida, la literatura…
Se besaban insistentemente, se sentían acompañados, por una vez en la vida, presas de una pasión sincera, una sola unidad de algo virgen, jamás contaminado por las palabras y los protocolos, libres del tiempo, de las arrugas y las canas. En su frondosa pasión, cada beso, cada empujón, cada caricia los acercaba poco a poco al final de un camino que no deseaban. Se contenían con todassus fuerzas, gimiendo de dolor por la presiónque se ejercían a sí mismos hasta que él le susurró al oído «déjate ir» y ella accedió, su mente se pobló de una niebla blanca y espesa que la alienó de su propia carne, viajante consentida de una marea salada y caliente, y en ese momento sintió cómo él hacía lo propio y llenaba su vientre de agua espesa.
Pasaron diez segundos que podrían haber sido diez mil años, en silencio todavía anexados, sintagmas de una oración sin verbo, y cada uno cayó a un lado de la mesa, separados por la gravedad.