Ya estaba libre de pecado y por eso los cometía todos, necesitaba llenar el hueco que en su alma y en su cuerpo había dejado la fe. Estaba desgastada por la erosión del ruido de la vida y su rutina oscura, salía de casa e iba a misa porque tenía el ritual aún anexado a su calendario. A pesar de sus cuarenta y ocho años seguía teniendo la carne firme como decía la canción de Serrat y las arrugas huían de su rostro quemado por el sol en la parte superior de las mejillas, hacía dos años que se había divorciado de aquel hijo de puta que le había dejado tres cicatrices en el abdomen, un hijo y una pensión de mierda con la que se veía obligada a trabajar en aquella oficina asquerosa, la Charo no sabía limpiar el suelo (pero el jefe no daba síntomas de tener sucio el sable los miércoles eso sí), quizás por eso seguía trabajando allí, rodeada de cerdos, pero a ella no le quedaba otra, su hijo estaba estudiando en el extranjero y aunque trabajaba, ella trataba de ayudarle con el dinero que podía.
Estaba cansada, era domingo a mediodía y la misa estaba ya acabada, normalmente con la resaca de la noche anterior ignoraba lo que allí sucedía, pero empezaba a estar harta de eso también, sin embargo aquel sitio era lo único que la ataba a su pasado. La vida le había dado una segunda oportunidad. O quizás en realidad fuera su primera oportunidad para ser feliz, con la segunda paliza de su marido que había terminado en Hospital dejó de creer en Dios y en sus ángeles, el mundo no tenía Dios, ni creador, ni justicia ni nada parecido, el mundo era una selva en el que para no morir tienes que matar y ella decidió huir antes de terminar loca por culpa de un cerdo que había malgastado su propia vida y la de su mujer. Aquella vez había terminado en una discoteca con un treintañero atractivo, quizás se le habría pasado el arroz por eso de estar estudiando medicina y no tener tiempo para el amor, se la había llevado a su casa, un bonito loft del centro con una alfombra envolvente sobre la que follaron dos veces, era su primera vez sin golpes, sin gritos, sin amenazas y por eso aquella ternura, aquel estado de flaccidez del espíritu de aquel hombre le parecieron mágicas. Jamás imaginaba una sensación igual, el hombre apocado por el alcohol y por su natural timidez se dejaba hacer y el rubor de dominio que experimentaba elevó su ego desde el subsuelo hasta algún lugar con vistas al mar. Ella era consciente de lo importante que era aquel instante, pasó, de hecho, en un año y medio en los que no se había atrevido a acercarse a ningún hombre, con su marcha su marido dejó mucho alcohol en casa y ella empezó a beber insistentemente para olvidar, a veces la fe deja bocas secas también.
Con los meses empezaba a encontrar tras los espejos a una mujer desconocida, sin tanta mierda que limpiar podía leer, escuchar vinilos antiguos, pasear… Las noches aún le escocían en sus cicatrices por ello bebía y se drogaba de vez en cuando y el mundo le daba un poco igual, tenía pista libre, había partida como decía aquella canción de Quique González. No había luna que no supiera de heridas de amor ni de besos de odio, y ella sabía que lo único que tenía por esperar era la muerte. Esa muerte en la que que ella tenía fe desde aquel día que la pillaría sin bragas y drogada, no por cobarde, si no por redimida. Andaba desde la iglesia hacia la zona de bares que había detrás de aquella pequeña plaza, sabía que si volvía a aquella iglesia sería por una misa fúnebre o algún evento de esa índole. Ya estaba harta, era feliz pero necesitaba más, sabía que ya el límite no le importaba, tenía un buen seguro, su hijo era independiente, ya ni llamaba y ella se tenía a sí misma para disfrutar, ese era su único fin. Al salir de aquel bar se fue hacia la zona del extrarradio a por cocaína, era la droga que más euforia le producía, las había probado todas en un periodo de tiempo muy escaso y se lanzaba a su nariz exenta de gravedad, livianamente eterna. Le habían hablado de aquel camello, un tío duro decían, serio, no admitía tonterías.
Llamó a su puerta dos veces con el timbre y una golpeando con la palma de la mano según le había recomendado el cura, «es la única forma de que abra a una desconocida como tú»…
El señor cura disfrutaba de la vida, había alcanzado tal estado de complicidad con Dios a su forma, entregándose a los placeres más mundanos y profundos posibles, que la vida para él no tenía gravedad, sabía que si el cielo le esperaba no iba a dejar que fuese mejor que aquella vida, era egoísta y quería que su creación fuese mejor que la del mismísimo Dios. Era frecuente que le encontrara la fe en la sacristía con la sotana remangada masturbándose con fruición mientras el cáliz, totalmente vaciado de vino acompañaba, sobre las sagradas escrituras, un librillo de papel, un ramillete de flores y un montoncito del polvo del cuerpo de Cristo, prístino y blanco generalmente empapado por unas leves gotitas de sangre.
El señor cura le había insistido en multitud de ocasiones para que dejara a su marido, «Si Dios dice que hasta que la muerte os separa ojalá él se muera ya.» decía la tarde en que el cuchillo del jamón acariciaba su piel como el beso de un bebé sin conciencia. «Si hace falta le echo veneno en el ron esta noche en el bar, que yo sé a que bar va el hijo de puta.» Su infancia había sido una absoluta mierda, maltratado por supuestamente ser un gilipollas afeminado los niños del colegio le clavaban punzones en la espalda, lo cual hizo que se forjara a sí mismo el espectro de que él mismo era un mártir, un ser superior enviado por Dios para dar sabiduría al mundo, aquel concepto hizo de su vida un ejercicio de cinismo atroz, su ego creció hasta límites insospechados hasta que cumplió los treinta y se dio cuenta de que en realidad solo era otro pobre infeliz castigado por el destino y la crueldad. Por eso se fue a aquella pequeña iglesia de barrio, donde su vida era una espiral de fe y drogas hasta que la muerte le dejara descansar en paz de lejos de aquel mundo de mierda que, estaba convencido, era solo el ensayo de un Dios bastardo que hizo un mundo pequeño para ver cómo iba aquello de crear, y que al sexto día abandonó porque observó cómo su primer intento le había salido mal.
Abrió la puerta aquel tío, cuarentón, totalmente torneado a causa de la ociosidad de los traficantes (tienen exceso de tiempo libre) y sonrió hacia un lado mientras que con la comisura de sus labios por el lado izquierdo sujetaba aquel porrito de merry Xativa.
— ¿Qué coño quiere usted señora?
— ¿Señora? Si yo te contara lo puta que soy…
—Jajaja, veo que te va la marcha… pasa anda… y ponte cómoda.
Ella inclinó el cuerpo hacia el interior y su pecho izquierdo rozó su brazo tatuado con un dragón que rodeaba su antebrazo y acababa de cabeza en su bíceps. Ante aquél contacto el señor camello esbozó aún más aquella sonrisa carcelaria e histérica.
—¿Qué quiere la puta entonces? ¿Ele…?
—Coca…
—Uhh tienes una naricilla inquieta para tu edad...
—Oye cabrón ¿Qué edad te piensas que tengo?
–Cincuenta. ¿Qué es para ti o es que le llevas los tiros a tu maridito?
—Los tiros que se merecían mi marido se los debí dar con un 30.06 hace ya veinte años, me divorcié… Por lo que son para mí.
—Así me gustan a mí, las putas valientes…
— ¿Algo más?
—No de momento, cabrón… ¿Cuánto me vas a cobrar?
—Eso depende de lo que me sepas hacer con la lengua.
En aquel instante la mano del traficante comenzó a acariciar su pezón izquierdo violentamente, casi como si la fricción del dedo corazón contra la tela de su fina camiseta negra fuese a crear fuego en ese mismo instante. Ella cerró los ojos más que nada porque seguía borracha y aquella pizca de placer la transportó fuera de sí misma, la lengua metálica con sabor a hierba comenzó a lamer sus labios, dibujando círculos en sentido contrario el que seguía el dedo sobre sus tetas, aquel prodigio de coordinación la hizo estremecerse aún más y agarró fuertemente con la mano su muslo derecho y ascendió lentamente, su miembro estaba completamente en erección y ella quería observarlo, deslizó la cremallera hacia abajo y sus uñas arañaron oscuramente la zona inferior del vientre hasta que entre sus dedos quedó un fino ramillete de vello púbico. Se lamió los dedos y comenzó a acariciar su pene completamente loca, ida, ajena a todo, entonces se quitó la camiseta y se levantó la falda y susurró:
—Fóllame cabrón.
Él le arrancó las bragas y comenzó a lamer su pubis lentamente, su lengua aún estaba tibia por el efecto del humo y ella sentía ese calor como si estuviera volviendo a nacer, gemía entrecortadamente y acariciaba con sus manos la zona de detrás de las orejas del señor camello, lo que provocaba en este un efecto catártico.
Entonces la tumbó sobre el sofá y comenzó a penetrarla con fruición, ella levitaba sobre su pene extrañamente ausente de sí misma, aquella violencia de embestida no era como la de su marido, aquella energía era de un signo totalmente contrario a la de su ex, aquél hombre sabía amar con mala leche, ella caía hacia la derecha mientras bailaba aquel tango blanco, «Vamos, puta, vamos…» Ella saltaba cada vez más, se iba de sí misma, estaba a punto de reventar, era incapaz de concebir aquel estado de complicidad cósmica, aquella fruición de entes sin carne… Sintió el orgasmo como un puñado de arena lanzado a través de su pubis hacia la garganta atravesándola de cabo a rabo, borrándola de la cordura para siempre, con su cuerpo lánguido y ajeno a la vida el señor camello esparció un hilito de polvo blanco sobre su escote y lo esnifó para luego beberse su sudor.
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