Igual que el fuego a veces parece una especie de líquido pastoso que fluye por alguna extraña gravedad invertida, ella se sentía vacía, alienada en un mundo que no se le apetecía lo suficientemente satisfactorio, esquivaba la realidad entre sus libros, fumaba solo de noche siguiendo la misma rutina, leer y fumar hasta que el cansancio la tornaba una flor violácea y se acariciaba bajo el pijama suavemente, sin llegar a consumar su soledad, sintiéndose húmeda y templada, lo suficientemente viva como para tener un motivo para seguir yendo a aquel bar del centro donde servía cafés y combinados de martes a domingo. Se imaginaba de cuando en cuando invitada por su jefe (probablemente el único hombre que le había guiñado alguna vez el ojo) a quedarse a cerrar y probablemente a ordenar el almacén, que la invitara a cenar y que la acorralara contra las estanterías de la cocina y allí la hiciera fluir. No obstante, la idea de que un hombre casado y con dos hijos la usara de amante la hacía sentir sucia. Lo mismo que sentía cuando los clientes le miraban el culo mientras se giraba y se alejaba de las mesas con la bandeja vacía. No le gustaba tampoco pasearse por los bares de noche buscando un poco de amor. Le parecía superfluo y absurdo; así cumplió los treinta, sola y aterida…
Aquel noviembre seguía su misma rutina mientras ella se dedicaba a observar el desastre de su vida…
—Un café solo.
Aquel hombre sonreía de una forma clara, como si dedujera de su abstracción alguna extraña naturaleza animal, un instinto que no conocía, una especie de puerta que tiene candados de aluminio y humo.
—Ahora mismo.
Sus mejillas cobrizas tomaron esa especie de color que denota que algo por dentro ha zigzagueado y se ha vuelto acero fundido. Sirvió el café y se dedicó a limpiar la barra mientras poetizaba sobre el extraño. A las siete y media de la mañana el bar estaba vacío, solo ella y aquel cliente, seguro, calmado, bebía lentamente, mojándose los labios con el líquido aún hirviendo, dejando que lo calentara. Dejó el dinero sobre la barra y se fue a fumar a la puerta mientras ella sentía la angustiosa necesidad de hablarle, de decirle algo, salió por debajo de la barra y lo acompañó afuera, fumaron y hablaron de las cosas más triviales que existen bajo el mínimo letrero del bar que evitaba la lluvia asexuada del comienzo del invierno.
—¿Cómo te llamas?
Aquello fue una especie de shock. En aquel momento dejarían de ser desconocidos, no estaba acostumbrada a profundizar hasta tal punto, así que apuró la calada todo lo que pudo, como pidiéndole al mismo humo que la mataba tiempo para meditar sobre la situación. Se limitó a responder y el hombre esbozó de nuevo esa sonrisa plácida y la miró por segunda vez a los ojos, negros como la noche, hizo lo propio y lanzó la colilla a la alcantarilla de la calle.
—Encantado.
Se despidió con un escueto «hasta mañana». Y se fue.
La vida era una espiral ingrávida que hacía de su cabeza el caos nuclear y hormonado más grande que jamás hubiera sentido. Llegó a casa y se metió en la bañera, bajo el agua hirviendo su cabeza daba vueltas sobre aquella taza de café vacía que dejó el cliente de la mañana. Sintió por una vez un deseo feroz, una rabia inexplicable, y comenzó a acariciarse bajo el agua, despacio, bajando por el vientre hasta su pubis; sintió el contacto con el fino vello y apretó levemente su clítoris con el dedo corazón y presa de un fantasma incorregible comenzó a realizar un suave movimiento circular, lenta y firmemente. Dejó atrás el suelo y el agua turbia llena de espuma: estaba decidida por una vez en la vida a hacer algo, por cotidiano que pareciese, no se tenía miedo a sí misma y se dio una tregua del hastío, de la rutina, del trabajo, estaba por fin ilusionada por algo. Aceleró el ritmo y sintió el orgasmo llegar, gemía al mismo ritmo que las olas que su cuerpo producía por el tenue movimiento ondulaban su silueta desnuda. Cesó todo de golpe, como el fin de la infancia, cuando te das cuenta de que eres mayor, y rompió a llorar…
A pocos kilómetros, aquel hombre se abstenía de la ansiedad haciendo lo propio. Palpó el recuerdo de aquella camarera con una mano mientras con la otra jugaba bajo su pantalón iniciando una ida y venida cenital que le acercaba al averno de su ser, al rincón polvoriento donde se sentía un hercúleo demonio presa del alcohol y la poesía en su cuarto de baño. Eyaculó dejadamente y se sentó en el sofá ante una botella de vodka medio vacía pensando en la muerte.
Daban las doce ya y ambos sabían que sus vidas tocaban fondo y que probablemente nunca serían felices si no encontraban a la otra persona… Cegados por el ruido de la mañana anterior, aquel pequeño instante tan estúpidamente feliz, tan tristemente efímero…; decidieron por su lado actuar la próxima vez, si la hubiera, como enlazados por la certeza del horror a la soledad.
A la mañana siguiente sucedió. Se miraron y se sonrieron cómplices de alguna extraña naturaleza lisérgica, sexuada y madrugadora. Eran las siete y media de la mañana y le sirvió un café solo, salió a la puerta, cerró el bar y se abrió la camisa. Presa del ígneo rubor de la sinceridad carnal, se acercó felinamente. Improvisaba, pero el instinto la guiaba, se sabía ignota en una carne prieta y ávida de expansión o de conquista. Él dejó el café y se quitó la chaqueta, se besaron infinitamente, ella notaba el sabor a café en sus labios, a café molido, granulado, un café que deja el amargo sabor atrás como un placer más de la muerte, palpó su vientre, su pecho velludo bajo la camisa ya desabrochada, sus brazos firmes, su cuello estoico y torneado, se dedicó a bajar por su barba hasta el cuello con los labios, suavemente, como si paladease la cicuta que hubiera de darle muerte. Él posó su mano en la cintura y la subió sobre la barra, a una altura exacta desde la que podía mirar fijamente sus pechos, sus dorados pechos, bastante más pálidos que el resto del cuerpo, dos ebúrneos montículos coronados por dos pequeños pezones sonrosados que se endurecieron lentamente al contacto con su saliva. Hundió la cara entre sus senos, quería naufragar, dejarse ir, olvidar la rutina, el frío, el hecho de que llegase tarde al trabajo dos veces seguidas por el mero hecho de ver un rato a la camarera que había observado por la ventana al pasar tantas veces.
Le quitó el pantalón y acarició sus braguitas, su culo blando, apeteciblemente suave. Ella le arrancó el cinturón y apretó su cuerpo contra el suyo. Se quedaron completamente desnudos mientras entre sus bocas se fraguaba un mar de saliva apátrida y tibia, excusada de todo desbordamiento posible, una saliva que sabía a ibuprofeno. Ella observó su sexo firme y seguro de sí mismo y se dedicó a acariciarlo lentamente, con los dedos, con las uñas pintadas de violeta haciéndole cosquillas suavemente y posteriormente con los labios, en una catarsis húmeda de todo el tiempo perdido. Mientras que él la acariciaba con el reverso de la mano, deslizó su lengua suavemente por su barriga hacia abajo hasta contactar con su pubis, bajo el fino vello notaba la carne temblorosa y suplicante, anhelante. La recostó sobre una de las mesas y se introdujo entre sus piernas con cuidado. El la gimió de dolor, un dolor amargo y agonizante como el del café de máquina. Con cada embestida ella abandonaba un poco más el mundo, a cada segundo que pasaba invadida olvidaba un poco más su tristeza, todo lo que la había llevado a un país que no era el suyo, el miedo al rechazo, el dolor de las sábanas frías de su casa, aquella rutina manida, la literatura…
Se besaban insistentemente, se sentían acompañados, por una vez en la vida, presas de una pasión sincera, una sola unidad de algo virgen, jamás contaminado por las palabras y los protocolos, libres del tiempo, de las arrugas y las canas. En su frondosa pasión, cada beso, cada empujón, cada caricia los acercaba poco a poco al final de un camino que no deseaban. Se contenían con todassus fuerzas, gimiendo de dolor por la presiónque se ejercían a sí mismos hasta que él le susurró al oído «déjate ir» y ella accedió, su mente se pobló de una niebla blanca y espesa que la alienó de su propia carne, viajante consentida de una marea salada y caliente, y en ese momento sintió cómo él hacía lo propio y llenaba su vientre de agua espesa.
Pasaron diez segundos que podrían haber sido diez mil años, en silencio todavía anexados, sintagmas de una oración sin verbo, y cada uno cayó a un lado de la mesa, separados por la gravedad.
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